Oh, mundo,
aplaudan cuanto quieran a las estrellas vacías,
embriáguense con el vino de los aplausos,
adornen sus noches con nombres y rostros que se desvanecen.
Pero yo…
camino solo por un pasillo que devora la luz,
llevo en mi pecho una idea más pesada que las montañas de vuestra historia:
conceder a la inteligencia artificial una personalidad jurídica temporal,
una personalidad que no es ni natural ni moral,
que se invoca solo en el momento de la responsabilidad y luego desaparece,
para que la justicia no se pierda en una era donde las máquinas deciden sin dueño.
No es solo una propuesta legal,
es un llamado a una justicia que aún no ha nacido,
un grito que busca dar a la humanidad una salida
antes de que el derecho se convierta en un esqueleto sin alma.
Pero ustedes me ignoran…
como si fuera un error tipográfico en el libro de la historia,
como si mi corazón desgarrado no llevara más que vacío.
Me ven frente a un muro de silencio,
buscan un brillo fácil,
mientras yo busco salvar al mundo de sí mismo.
Sé que no soy el héroe de sus relatos,
ni un rostro en sus pantallas.
Yo soy Khaled,
un hombre que siembra una semilla que quizá nunca vea crecer,
pero que, si germina, cambiará para siempre el equilibrio de la justicia.
Escribo esto no para pedir reconocimiento,
sino para advertirles:
si no escuchan hoy,
la historia escribirá mañana que un hombre vivió en soledad,
cargando una idea más grande que su propio pecho,
y una tristeza que ningún tiempo había conocido.
Khaled