Luego de una plática extensa, relacionada con la importancia del pensamiento y su cuidado, el hombre que repartía cartas en los buses dejó esta en la puerta de mi casa.
Las puertas
Mi mundo interior es un universo cristalino y tranquilo. Lo percibo tan cerca de mí que, por momentos, creo tenerlo al alcance de la mano.
Pero también hay instantes en que se vuelve embustero y lejano, colmado de escondrijos y recovecos donde es fácil extraviarse.
A veces es sublime; otras, puede convertirse en la parte más despreciable de mi ser.
Hay abundantes puertas de entrada y de salida. Algunas conducen a parajes de brisa fresca, donde crecen árboles frondosos y arbustos colmados de flores. Otras desembocan en grutas oscuras y pantanosas, donde permanecen los restos de quienes intentaron salir y quedaron atrapados como moscas en papel pegajoso.
Por momentos percibo que todas las puertas son iguales.
Tras cada una encuentro pensamientos heredados: hábitos, costumbres, prejuicios, creencias, fórmulas aprendidas para aliviar el malestar que produce este laberinto. Quizá por eso me cuesta distinguir unas de otras.
Con las ideas que aprendí desde niño, esa diferencia resulta casi invisible.
Ahora entiendo que debo cultivar una libertad de pensamiento capaz de dar luz a nuevas formas de mirar.
Solo entonces podré reconocer qué puerta conduce a los campos abiertos y cuál desciende hacia las cavernas.
Tal vez en esa elección esté la tabla que puede sostenerme.
O el peso que termine por hundirme.