En inicios de otoño, tomándote del brazo, manteníamos un silencio que interrumpían mis latidos.
Caminaba entre las hojas, respirando tu aroma, esperando ese instante en el que mi mirada cambiara.
Compartimos los ojos, y un ligero calor me recorrió, un calor que no provenía del sol.
Sentí algo creciendo en mí, que no quería salir: me empujaba hacia tus brazos.
Toqué tus pétalos rojos, que encendían el color del cielo, quemaban mi estómago y acariciaban mi rostro.
(Texto escrito en mi infancia)