Como un eco que dibujara
el yerto perfume del grito,
el aleteante corazón
de la mariposa que ha ardido
en el gris espejo del tiempo.
Como el desordenado rito
del sufrimiento que se quiebra
en el desvencijado mito
de las palabras musicadas.
El silencio donde me miro;
el anaquel donde he guardado,
junto a la memoria del vino,
el aquelarre atormentado
de todos mis pasos perdidos;
la certeza de los veranos
y la quimera del destino;
la inacabable conjetura,
la respuesta que nunca digo,
la inabarcable desmemoria
en la mirada de un mendigo.
No hay respuesta para esta fiebre
con la que siempre he convivido.
Esta continua marejada,
esta playa donde he visto
la quebradiza posesión
de las olas con el suspiro
susurrante de las gaviotas.
Como el descompasado ritmo
de aquella cajita de música,
donde todo el tiempo vivido
resuena, misteriosamente,
entre el engranaje encendido.

