Caída libre

Hoy desperté con el cuerpo más frío que de costumbre. Al mediodía el termómetro marcaba veintidós grados, pero mi organismo no se había enterado de la tregua del mundo.

Me tomo el brazo derecho con la mano izquierda y siento cómo el frío se reintroduce en mí desde las yemas, como si mis dedos fueran electrodos devolviéndome una corriente helada. El sudor aparece sin dramatismo, una pátina viscosa que se desprende de las extremidades. Siento las gotas bajar por la sien —pequeños proyectiles gélidos— humedeciendo la ropa con la persistencia de una condena. Luego, esos hilos delicados descienden por la médula espinal y levantan una alerta: el cuerpo, fuera de su equilibrio, deja de ser vehículo para volverse noticia, un territorio conquistado por un dominador invisible.

Me levanto y camino hacia la cocina como quien imita a un hombre práctico. Enciendo la cafetera; el estertor del agua calentándose intenta, en vano, convencerme de que la rutina todavía tiene derechos sobre mi mente. Abrazo la taza, pero el calor es un simulacro que se detiene en la epidermis; por dentro, sigo siendo un iceberg. El frío ha aprendido a quedarse.

Voy al escritorio. La pantalla me recibe con esa luz plana y estéril que no consuela a nadie. A un lado, el listado de pendientes sobrevive como un horóscopo que ya no me pertenece: llamar, enviar, corregir, pagar. Palabras pequeñas e imperativas que fingen una autoridad ridícula. Al apoyar el bolígrafo, no siento pereza, sino un bloqueo fino, una puerta de acero que ha decidido no abrirse más.

Entonces activo mi mecanismo favorito: el estrépito. Para no caer hacia adentro, levanto la voz y suelto frases ampulosas, juicios regañones que lanzo al aire para tapar el abismo. «Dale, movete, no seas ridículo». Es el ruido necesario para confundirme, para no mirar el derrumbe de las máscaras. Incluso el teléfono, cuando vibra, es una cuerda que muerdo con desesperación; cualquier conversación mínima es una brasa que soplo para evitar el silencio que me habita. Pico aquí y allá en el buffet de noticias y distracciones con una disciplina impecable, una arquitectura del autosabotaje diseñada para no ser.

El café se enfría hasta formar ese borde oscuro de porcelana amarga: un espejo de mi propio día. Camino por la casa con una inquietud de fantasma, abro la refrigeradora sin hambre, me lavo las manos buscando en el golpe del agua una punzada de presencia que el frío se apresura a domesticar.

La tarde llega sin permiso, maquillando la lista de pendientes con una sola palabra tachada para fingir que existí. Deseo la noche como quien busca la suspensión total, la interrupción del mundo. Pero sé que mañana la ceremonia se repetirá, idéntica, en este estado de caída libre donde la existencia se siente como un trámite delegable. Escribo esto como quien deja una marca en la pared de una celda, mientras el frío —en la taza, en la pantalla, en mis manos— atiza el pánico con la calma de lo que sabe que ya ha ganado.

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El texto es un retrato exacto del cuerpo que se vuelve extranjero. Frío por fuera, iceberg por dentro, y la rutina como teatro vacío. El café no calienta, la lista no manda, el ruido no tapa. Es la ansiedad y la disociación escritas con precisión quirúrgica: cuando existir se siente trámite y el silencio quema más que el frío.

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