Hoy me he despertado con el cuerpo más frío que de costumbre. La temperatura ambiente temprano en la mañana se encontraba en 12 grados y ha ido en aumento hasta alcanzar los 22 grados al mediodía, pero mi cuerpo sigue frío. Me tomo del brazo derecho con la mano izquierda y siento el frío que se reintroduce en mi sistema a través de las yemas de los dedos, convertidas en un termostato que me refresca y preocupa. El sudor no se hace esperar, un líquido viscoso se desprende de mis extremidades. Lo siento recorrer la sien, como pequeñas gotas de un fluido frío que el organismo ha generado y ahora expulsa, humedeciendo poco a poco todo el cuerpo y la ropa; delicados hilos de sudor frío descienden por la médula espinal, generando una alerta inquietante, pues generalmente cuando la temperatura de nuestro organismo se encuentra en sus estados normales, no reparamos tan detalladamente en nuestro propio cuerpo, como cuando el frío se adueña y se declara su dominador. Hay secciones del cuerpo y órganos que el frío los paraliza. El frio tiene ese efecto parálisis que comparte con el miedo, el calor por el contrario nos provoca euforia, nos invita a desnudarnos y mostrar piel. Con el frío la belleza se oculta, se ensombrece, hay que esforzarse un poco más para poder contemplarla, mientras que en el calor la belleza se vuelve explícita o eso predica gracias a la desnudez.
Este frío descontrolado e inexplicable me permite despertar y consumir el día con la mayor evasión posible, distraerme de mí mismo, ignorarme, y cuando siento que estoy a punto de volcarme sobre mi propia personalidad y meditar sobre lo que me está ocurriendo, inmediatamente levanto la voz y pronuncio frases sueltas, ampulosas, sin sentido, frases regañonas, calificativas en cierto modo, juicios sobre mí mismo y mi comportamiento, todo ello con el propósito de voluntariamente confundirme, evadirme, de controlar estos arrestos a volcarme hacia adentro y hacer caer estas máscaras múltiples sobre las que he ido construyendo mi vida. Me levanto y paso todo el día posponiendo mis compromisos, deseando que llegue la noche para volver a acostarme, apagar la luz y desconectarme para que, al día siguiente, la rutina vuelva a repetirse, con ligeras variantes dependiendo del día de la semana en que nos encontremos, pero en el fondo la misma rutina, dejando que pase el día, para volver a acostarnos y desconectarnos, olvidados de los dioses y el paraíso, simplemente deseando dejar de ser. Es cuando me doy cuenta que la existencia es un acto prescindible. Debe ser terrible seguir indefinidamente en este estado de caída, pero no veo de dónde agarrarme para evitar seguir sufriendo el vértigo de un sueño del cual no consigo despertar, y por eso, decidimos escribirlo, mientras el frio sigue avanzando y atizando el pánico.
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