Era la tierra en otoño una hoguera de colores más allá de Orbaitzeta. La Selva de Irati ardía en su boca, hojas rojas, hojarasca cubriendo el musgo, las vaguadas, la mirada de los caballos en los remontes de hierba brillante. Y allí estaba ella, su cansado cuerpo apoyado en el tronco de un abeto, mirando la luz que se filtraba entre las pálidas voces de una vida que se desprendía de la rama y se posaba en un suelo blando, acaso habitado por el silencio de la montaña.
Comimos en Auritz, un poco más abajo de Orreaga, en un restaurante con un pozo, en el que, cuentan, el pretendiente Carlos guardó su dinero antes de cruzar la frontera y pasear tal vez su derrota por la Españako Callea de Donibane Garazi. Y en aquel paisaje de belleza exquisita no encontramos rastro de fealdad y ladrillo, sólo bosquecillos amarillentos en las laderas de los valles, casas de piedra y olor a vida en los troncos podridos. Allí comprendimos que la tierra era plana, como un canto rodado del fondo del arroyo, como el vientre de los salmones rozando el lecho fluvial de aguas cristalinas, como el canto de la ballena en la inmensa espesura del océano.
La tierra era plana porque así lo quiso Ainhoa, y porque le convenía a sus planes de construir sobre las catedrales góticas, un pináculo de sueños que casi tocaban, con sus agujas, las nubes bajas de la creación divina. Mientras saboreábamos los límites de la Selva crepuscular, alguien comentaba a lo lejos, en el sonido del viento temeroso, que aquella gente tan ruidosa venía de Murcia, del sur, de los confines del maquis y de la tierra abierta en canal por los gritos de las lluvias torrenciales. Y allí no se escuchaba el sonido de las calles, de las tiendas de pescado y granadas hambrientas, pero fuimos felices contemplando, recostados en la hierba, la explosión de los sentimientos, viendo volar las hojas, que caían sobre nuestros cuerpos con paciencia monacal y sintiendo en nuestros rostros el beso de la brisa que llegaba apagada de los fondos fríos del lago presentido.
