El aire se retuerce sin anudarse.
Su furia se palpa cuando presiona las cosas,
cuando zumba al rebanarse en el filo de lo delgado,
cuando ruge en la garganta de las cosas gruesas.
Hoy le ha dado por pelear con la lluvia.
Soplándola hacia todos lados,
caen trenzados en el techo haciéndose trizas.
Embiste las calles su remolino de hojarasca
y con todo aquello que arranca a aletazos,
con garras y pico invisibles
despegando lo débil,
lo demasiado maduro,
lo huérfano,
lo que el descuido ha olvidado.
Trae ráfagas de miedo.
Arremolina en la cabeza lo inconcluso,
arrepentimientos,
perdones no dichos,
palabras que desprendió al orgullo.
Las nubes gritan más viento y lluvia.
Latiguea truenos en el cielo.
Revienta su boca hinchada de sonidos.
Rafaguea el silencio,
socava la voz,
ensordece todo su torbellino de voces.
Gira y se entrevera entre resquicios,
en el follaje,
en todo lo que respira,
en todo lugar donde hay vacíos.
Hurga con su espátula húmeda y fría.
Revuelve y desordena.
Destapa cosas olvidadas.
Como esos recuerdos
donde capeábamos el temporal a besos
amarrado nuestro abrazo al mástil del amor.
Como esas ansias que aún agobian,
escudriñando tras la cortina de lluvia
un anhelo que todavía sueña.
Como esa soledad donde todavía hay borrascas.