Borrador

– hora de cenar.
La ventisca moviendo la penumbra,
Descolorando mis adentros,
Un almuerzo y el café más amargo.
¡Qué lluevan piedras sobre la ciudad!
Así. Crece y envenena
El abrigo de los brazos que preservan
El inerte instinto de inclinarme ante vos,
Ya no son tardes cualquiera de aeropuerto,
Ni bailes dónde quepan lunas
En zapatillas de cristal,
De ahora en adelante,
Es caminar de manos
Hacia litorales de coral,
Derretir
El dogma y la voz que induce,
Para chopear el flanco,
Dónde enmienda la lanza
Mi torpe destino.

Debería cambiar de armadura
La caridad del propio vacío
Crujir con canciones hermosas,
Comerme inclusive hasta el sabor de tu ropa,
Desistir, lo sé muy bien,
Así es mi culpa,
El insesato paso de un decreto,
Una quemazón de evocaciones,
La partitura de las cosas naturales,
Un baño acogedor,
Estadías de siempre,
Un castillo de princesas,
La juventud sin accidentes.

Lo malo del pantano es
Que solo es lodo -
Una marisma -
Y cada objeto inanimado, muerto
Entre vísceras pesarosas
Que lo acompaña;
Un territorio para no cruzar,
Una historia aparte -
Dónde aunque sea poco ganar, sonreír,
Porque resuella en carne viva,
Del otro lado del espejo,
Un loco miserable que añora
Amar y ser amado…

¡Cómo cala Actuar a ser iguales!
Impostores, maquiavelos donadores
De otra noche en vela
Dónde quizá no despertar.
Es flotar -
Inmerso en tu reserva intocable,
Uno más -
Una criatura rodeada
Sin su sonrisa robusta,
Minuciosos pormenores,
Una puerta giratoria,
Y un panorama donde mentir
La quimera de los tiempos de Dios
Y sus mecanismos para olvidar

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