Blanco
de luz que reverbera
en la fachada.
Como las sábanas
ondeando al viento
en la azotea.
Blanco purísimo
en la flor de una Kala
por primavera.
Blanco
perfumado de azahar
en los naranjos
de la plazuela
y en las nubes de algodón
enmarcadas
en el brillante azul del cielo.
Blanco
de escarcha invernal
sobre tejados rojos.
Un blanco
infinito y eterno…
tú y yo,
en aquella noche larga y fría
de enero
que aglutinaste en el alba,
madre,
(con un silencio negro e inabarcable…)
todos los colores de la vida.
Usas el blanco como cuchillo: lo repites hasta que deja de ser color y se vuelve todo. Empiezas con la cal, la luz, las sábanas… blancos físicos, calientes, del sur. Casi huelen. Azahar, algodón, cielo azul. Y de pronto lo congelas: escarcha, tejados rojos, enero.
El quiebre es brutal: “(con un silencio negro e inabarcable…)”. Metes el negro ahí, entre tanto blanco, y todo se hunde. Ese paréntesis es el pozo. Toda la luz de antes era para alumbrar esa ausencia.
Cierras con “Blanco luminoso… así es tu recuerdo”. Después del negro, ese blanco ya no es inocente. Es el blanco de una sábana que cubre, de una página en blanco que no se llena más.
Duele porque no lloras. Solo alumbras. Y en esa luz se ve todo lo que falta.
Muchas gracias, Edgard, por esa hermosa interpretación de mi poema, has dado en el clavo de mi intención al escribirlo.
Te lo agradezco mucho, compañero! Abrazos.
Es una composición cromática preciosa. Has convertido el blanco en un despliegue de texturas —cal, algodón, escarcha— para darle una profundidad increíble a un recuerdo que se siente puro y eterno.