Me resigné pensando
que una piedra era mi camino,
un sello de ámbar para
dejar de sentir.
Elevé mi casa sobre la dureza,
creyéndola paz, aunque solo era
una tregua de asfalto;
un rastro blanco sobre el silencio
que juraba no volver a sangrar.
Fui cal que aprendió
a oxigenar desde adentro,
una blancura sorda que
se consume su propio encierro.
Habité la quietud de las canteras,
como un lienzo blanco sobre el silencio,
donde los restos de lo que fui
se volvieron sedimento.
Llevé la máscara de roca
sin pedir nada,mientras el tiempo
me tallaba una estatua
para ocultar que,
bajo el pecho,
la herida seguía viva,
esperando el golpe de luz
que rompiera mi estructura
y derramara, por fin,
mi blanco sobre el silencio.