Bajo la cúpula


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Fernando Giraldo de Andrés
08/07/2026

Bajo la cúpula

Me he pasado la vida huyendo de la luz. La oscuridad de mi habitación no es mi enemiga, sino mi aliada.

Desde que nacemos se nos asignan tareas. A los más fuertes les corresponde mantener y vigilar el perímetro de la cúpula; otros somos operarios especializados, y así hasta cubrir todo el espectro de una sociedad entregada a la rutina funcional.

Todo está protocolariamente calculado y, a través del adoctrinamiento, han conseguido que dejemos de pensar en nuestros derechos y libertades.

Nos han convertido en delatores sumisos. Cada movimiento, cada palabra, queda sometido a una evaluación invisible.

Seguimos los mandamientos:

No arriesgarás.
No recordarás.
No sentirás demasiado.
No desearás aquello que no está autorizado.

La luz no ilumina.
La luz mata.

No siempre fue así, cuentan los más ancianos.

En los suburbios más oscuros, a los abuelos se les soltaba la lengua y contaban historias: de un mundo que se quedó sin humanidad, aunque los humanos siguieran vivos; de un tiempo en el que la luz solar era un bien gratuito que calentaba tanto a pobres como a ricos.

Para sostener sus afirmaciones sacaban de sus bolsillos pruebas amarillentas, marcadas por el tiempo, que escondían celosamente en el forro de sus trajes reutilizados. En ellas podíamos contemplar retratos pertenecientes a otro momento de nuestra existencia, donde los niños jugaban bajo un sol radiante, reavivando así el latido de nuestros corazones.

Pocos hemos conseguido ahorrar lo suficiente para acudir al mercado negro en busca de esa luz prohibida y deseada, solo para encontrarnos con el reflejo de nuestra propia desmemoria.

Conocí a un joven en el mercado negro. Él siempre me proporcionaba cualquier cosa que necesitara. Con el paso del tiempo nos hicimos amigos. De vez en cuando me pasaba por su puesto con el único propósito de pasar un rato con él, charlando de cualquier cosa que se nos ocurriera.

Apenas tenía unos años más que yo y se aferraba a su propia identidad, negándose a ser uno más en un sistema donde hasta la apariencia estaba regulada.

—Cualquier día de estos terminarás en un centro de adaptación.
—Despierta, vivimos en una pecera —dijo.

Su inesperada respuesta hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. No dejaba de darle vueltas a lo de la pecera: ¿me estaba comparando con un pez?

—Fuera moriríamos —respondí.
—¿Quién lo dice? ¿Alguna vez has podido ver la zona de exclusión con tus propios ojos?
—No.
—¿No te agota esta fatiga constante? ¿No te hace sospechar?
—¿Buscas que admita que todo esto está diseñado con el propósito de mantenernos atrapados?
—¡Sí!

A medida que nuestras conversaciones ganaban profundidad, más me convencía de que había pasado toda mi vida viviendo en una cárcel sin barrotes.

El peso de sus palabras había despertado algo dentro de mí que cada vez exigía más espacio.

En uno de nuestros encuentros me dijo:

—Tememos la luz porque nos han enseñado a temerla. Pregúntate, ¿por qué?

Me volví a casa con el eco de su pregunta dentro de mi cabeza.

Nos habían enseñado a obedecer. La corrección era un centro de adaptación; el acompañamiento, una forma de vigilancia; la protección cognitiva, una manera de controlar nuestras ideas; la información preventiva, una forma de censura; la conducta no regulada, un delito; y el traslado administrativo, una desaparición.

A los pocos días volví. Mi amigo no estaba en el puesto. Un desconocido apartó unas cortinas y me invitó a pasar a una vieja sala que permanecía al margen de todo protocolo, un lugar donde las normas de la cúpula no tenían ningún peso.

Allí estaba él, sentado entre hombres y mujeres que cuestionaban el sistema de control y se preguntaban quién había decidido que nuestro pasado debía permanecer enterrado.

Después de escuchar varios puntos de vista sobre esto y aquello, un hombre mayor interrumpió el discurso de un joven.

—Sí, es cierto, pero no podemos permitir que el miedo nos encadene a las vigas de acero que sostienen esta falsa estabilidad.
—No somos animales domésticos. Tenemos derecho a decidir nuestro futuro por nosotros mismos, aunque nos dé miedo —añadió otro con énfasis.
—No entiendo nada —pensé en voz alta.
—Es sencillo —añadió una joven que permanecía de pie a mi lado—. Somos mucho más de lo que nos han hecho creer. No lo olvides nunca.

Lo que pretendía ser un debate terminó convirtiéndose en un laberinto de pensamientos enfrentados entre sí.

Una semana más tarde me enteré de que el mercado negro había sido desmantelado. La jaula había silenciado una vez más las voces críticas al régimen.

¿Qué podía hacer? ¿Arriesgar mi seguridad a sabiendas de que cualquier movimiento podía convertirse en mi sentencia?

Esperé una reacción.
Los días pasaban y todo seguía igual. ¿Quizás nadie quería escapar?

Ese pensamiento me dolió profundamente.

¿Qué quedaba de humano dentro de mí si ni siquiera había llorado la pérdida del único amigo de verdad que había tenido?

Pasaban los meses y yo no dejaba de pensar en escapar.

Una mañana, al despertarme, encontré un sobre sucio y arrugado que habían deslizado bajo la puerta de mi habitación.

Lo abrí. Dentro había una postal vieja, de esas que ya había visto en el mercado. Le di la vuelta y encontré tres palabras:

Memoria.
Conocimiento.
Resistencia.

Firmaba:

Un amigo.

Entonces entendí que todo este tiempo había estado equivocado. No se trataba de encontrar una salida, una grieta en la cúpula por donde escapar, sino de recuperar aquello que habíamos perdido.

Volvería a saber de él.

Ahora me tocaba a mí hacer el trabajo que él había hecho conmigo.

Existía un lugar donde todavía permanecían demasiadas voces, y yo lo conocía.

Me sentí libre.

La cúpula ya no estaba dentro de mí.

Había entendido el mensaje.

Había encontrado una forma de derrotarla.

La biblioteca.

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Maravilloso. “Entonces entendí que todo este tiempo había estado equivocado. No se trataba de encontrar una salida, una grieta en la cúpula por donde escapar, sino de recuperar aquello que habíamos perdido.” Saludos.

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¡Muchas gracias por hacerte un ratito para leerme, amiga! Valoro un montón tu tiempo y tus comentarios. Te mando un abrazo enorme.

Querido amigo: Tu escrito es una auténtica revolución en mi interior. Es lo mejor que he leído. Un abrazo.

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Muchísimas gracias por tu generosidad y por leer con el corazón abierto.

¡Otro abrazo fuerte para ti!

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El final es sorpresivo…la lectura nos hace libres… :clap::clap:

Me ha gustado mucho! Abrazos, Fernando!

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¡Muchísimas gracias! Me alegra enormemente saber que el final te tomó por sorpresa y que disfrutaste del relato. Tienes toda la razón: la lectura nos da esa maravillosa libertad. Un abrazo fuerte de vuelta y gracias por tomarte el tiempo de leerme y comentarlo.

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Que reflexión más poderosa. Me ha gustado mucho.

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¡Muchísimas gracias por tus palabras! Me alegra un montón saber que te ha gustado y que te haya transmitido esa fuerza. Te agradezco de corazón que te hayas tomado el tiempo de leerlo y de compartirlo conmigo.

Frases poderosas posee este relato, agradecido

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Gracias por la lectura y tu tiempo en comentar.

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