Ave

Ave inquieta, altar blanco del destino,
recíbeme en tu vuelo como antaño,
alberga nuestros sueños en tus ojos cristalinos.
Convierte el horizonte en un latido,
grumoso de recuerdos,
fragante de futuro compartido.

Ave esquiva, portadora de sentencias,
permíteme cantar en tu presencia.
Que el borde de la risa se acurruque en tu silencio,
y decreta que el camino que me queda
se torne en el camino al que me llevas,
allá lejos, al borde de lo incierto.

Ave inmensa, estrella omnipresente,
regálame tu luz casi invisible,
envuelve con tu todo algodonoso mis deseos.
Que el jazmín de tu susurro entrecortado
espume el remolino de las nubes
y caiga sobre el mundo como rayo,
mudo de añoranza,
melodioso de esperanza.

Ave delicada, acuosa y etérea,
date vuelta, flor sencilla, di mi nombre,
navegadora infinita de la brisa y la tormenta,
deja que me rebele cada día
contra el delito de tus alas de azucenas.
Que tu hermosura que flota,
esa hermosura que pena,
se anide en el nido amante
de mis brazos que te esperan.

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