El ave, dolorida, surca el cielo
tiñendo de silencio el incesante
rumor de la mañana, la cambiante
memoria de las aves en su vuelo.
La herida que destella es un revuelo,
altiva ejecutoria del instante,
que fluye hacia su trágico y brillante
final en la ardentía de su duelo.
Se quiebra en un momento la silueta
del pájaro doliente que se aquieta
eterno en la distancia de su olvido.
Se fue con su plañido hasta la arcada
del hondo firmamento, hacia la nada
del tiempo y su horizonte detenido.