Supe de tu olvido
el día que dibujé
la silueta de tu cabello
en la cima de un ocobo.
En tiempos en que los seres
hablan siempre en las noches,
no hubo razón de ti
en ningún amanecer.
Te encontré en mis miedos,
en el rencor del no saber;
la esencia de una ave
sofocada por el ruido de las máquinas.
Tu olvido merece un estante
vacío y con marcas de polvo,
de algún gran jarrón de jazmín,
del lujo que fue y no está.
Pero siempre mi recuerdo,
aun imaginario y ciego,
sigue contigo reteniéndote,
haciendo de instantes siglos.
La poesía son asomos de eternidad
en una vida que es finita:
yo te elijo eterna
en el juego de mis letras,
aun cuando supe de tu olvido.