La noche se desliza brillante y húmeda
como una serpiente entre cañizares inquietos,
movidos por el viento cálido y silencioso
que arrastra la amenaza de la lluvia
sobre los campos de la memoria salpicados
de viejos recuerdos como rastrojos resecos.
La cafetería del hospital ya cerró.
Algunos acompañantes buscamos refugio
y renegamos del sueño en la sala de espera,
drogadictos insomnes de tabaco y café.
Y estamos los dos solos.
Ella saca un café, y, débil, zarandea
la máquina de aperitivos; toma asiento
frente a mí, al otro lado de la mesa;
enciende un cigarro y en el café agita
también sus pensamientos; con sus ojos
atrapa mi mirada: aún no sé lo que quiere.
—Quemando la noche…—dice mi voz de poeta.
Ella da una profunda calada al cigarrillo,
bebe un sorbo de café y se recuesta
aliviada contra el sillón.
Suspira.
Ahora sé que tiene que decirme algo urgente
y ella sabe a quien esperó todas estas noches.
—No llegará a mañana…—dice sin esperanza,
cierra los ojos sin lágrimas, acepta y calla.
Estamos los dos solos —y la poesía—
contenidos en las siete sílabas
de ese poema de un verso solo.
Escucho el chasquido de los rastrojos
bajo el cuerpo viscoso de la noche
que se arrastra entre nosotros dejando
un rastro hondo, profundo, una grieta abismal
donde confluyen pasado y futuro
en un presente quieto,
inmovilizado en una frase que resuena
como un cuento breve de Monterroso.
De “La noche más larga”, (c) Joan Kunz