– ¡Es que no le tocaba a él! Esa no era su parte, era la mía. Lo juro, ¡en serio! – Temblaban sus manos y su frente sudaba como las ceras de colores en la estufa del fondo.
Decía la verdad aguantando las lágrimas. Pensaba en su madre, en por qué tenía que ir a clase, en cómo le trataría la “profe” después de eso, en sus amigos y en las risas que lo rodeaban.
Fuera, frío. Hormigón y cemento para niños. El olor de la menta derrotada ante el tabaco. Dientes grises. Lenguas agrietadas. Baños inundados, ni un cuadradito de papel higiénico. Luego, en el suelo, mandarinas blancas. Cerca, en un banco de madera, resina medio seca, todavía pegajosa. Más lejos, al final de la escalera, cagadas de pájaro, estas sí secas del todo.
– ¿Qué tal el día, cariño?
– ¿Hay merienda?