Al ciprés de Samos

Desde el vano que ocupa mi ventana
contemplo el horizonte en lo lejano
que al rostro añil del cielo da la mano
en unión casi mística y arcana.

En Samos ya resuena la campana
del claustro primitivo muy temprano
glorificando a Dios que, Soberano,
en Laudes reinará cada mañana.

Vecina al monasterio está la ermita,
cipreses y un abeto la jalonan
envueltos por el dulce sol labriego.

El ansia de lo eterno resucita,
y un soneto, en mis ojos lo pregonan,
cual si yo fuera un tal Gerardo Diego.

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