A ti, lucero, flor del alba, estrella
de mis días en bares postergados,
te añoro, no declines tu centella.
Por mis huesos tan duros, y cansados,
suplico, por el alza de la espuma
tirada de barril, por pies dorados.
Bautiza tan amarga pena: bruma
que adormece intestinos y me clava
al licor tan amargo que se esfuma.
Acompaña mis trompas frías, cava
heridas, fotos viejas; ven, agota
mi gaznate cubierto por la lava.
Entra en mis tripas, echa así la pota.
No te excuses del filo de tu luz.
Antes, ama la Muerte por la gota
de mi sangre abrasada, por la cruz
que es verte desde lejos soportar
la amargura enmerdando el tragaluz.
En barras no se pueden aguantar
mis manos temblorosas, caigo afónico
de tanta incertidumbre, de gritar
al alba —por luceros— alcohólico.