Un búho rasgó el silencio, y la densa noche se pobló
de íntimos ecos. El niño, a dos pasos del anciano, en la oscuridad más absoluta, oyó la cavernosa voz de su abuelo, ese áspero sonido que la edad y el aguardiente habían dejado en el esqueleto de pájaro del hombre, abatido por los años y las pérdidas.
- Lucas, desde el arroyo, junto a la vieja encina,
cuenta veinte pasos hasta el álamo blanco. No
lo olvides-.
El anciano le acarició con ternura, con rabia contenida, sabiendo que su nieto era demasiado niño para tanta tristeza, y, sobre todo,para ser el albacea de tan trágico secreto.
-¿Ahí está mi padre, abuelo?- dijo el niño, al borde del llanto, acariciando la tierra removida, las frescas sábanas de tierra donde descansaba su padre.
El búho volvió a ulular, como responso fúnebre y amargo, mientras se alejaban despacio, tanteando
los juncos, el arroyo, atentos al mínimo sonido; esquivando las patrullas , a los soldados ebrios de
sangre y de muerte.
Al llegar a la casa, su madre le abrazó largamente,
entre sollozos, pronunciando una letanía que Lucas,
a través de los años, seguía escuchando con desesperación, con lenta agonía:
-Nunca lo olvides,Lucas; a veinte pasos del álamo
blanco.