Nuestras miradas se trenzan
en la brevedad de cada ocasión.
Y soy un esclavo
un preso de guerra…
Un artesano
tejiendo cielos imposibles.
Y me quedo viviendo
en ese último roce de tu piel,
bebiendo de ese riachuelo
para No morir
mientras observo tus valles.
Tengo un abrazo de selva,
esperando que te internes en ella.
Mis vendavales palpando
la provocación de tus labios,
agitando el cielo
para ver si llueve esa gloria.
Viniste una noche
trayendo una esperanza confusa.
De pronto ofreciste tu barca,
luego la alejaste dejándome en la orilla.
Entonces elegí la lejanía
el silencio,
la procesión interna
que ofrece como ofrenda
estos latidos que llevan tu nombre.
A la distancia, vi pasar tus naves
y hago fuego con tus recuerdos.
Ojalá vengas, un día,
a extinguir esta sed,
a resolver el desastre
de este deseo naufrago
sobreviviendo en tus islas.
Es magnífico cómo defines al “yo lírico” con tres etiquetas opuestas pero complementarias: esclavo, preso de guerra y artesano. Sugiere que el amor es, al mismo tiempo, una condena y una labor creativa de “cielos imposibles”.
Cada estrofa navega sola por mares distintos con tal autonomía que la palabra naufragio se extinguió en el fuego magnífico de la iridiscente distancia. Aplausos @delaotapia
Entre la distancia y la proximidad, solo hay un pequeño universo, habitado por el poeta y sus inquietudes, que dan a luz versos tan hermosos como estos.