14 de junio de 1982 y los últimos recuerdos de Malvinas

Aún percibo el eco de un verano lejano, los gritos limpios de la infancia mezclándose con el zumbido de las abejas que liban en un jardín eterno. Todo es de una belleza insoportable. Mientras el acero de los explosivos desgarra el aire buscando mi nombre, yo prefiero buscar a los míos: al Pelotón 23, esas sombras jóvenes que ahora habitan en mi sangre., jamás los olvidaré.
Mis manos ya no conocen el frío del metal, sino la suavidad del hocico de mi perro, que espera paciente por mi.

La radio es un lamento lejano; el teniente implora por refuerzos desesperados .

Esbozo una sutil sonrisa, el viento me trae el murmullo de mis padres en la galería de casa. ¿Es este el camino de regreso? . En la penumbra de la trinchera, una escarapela se aferra al barro con la dignidad de los mártires. Sus colores son la única luz que no se apaga. Argentina, patria mía, no permitas que nada te mate, porque hoy me convierto en tu suelo.

El cielo se ha teñido de un carmesí cinematográfico. El humo y la turba descienden sobre mi torso como una manta final. Siento el perfume de la tarta recién horneada, la duda infantil de si habré faltado a clases… Tengo frío, un frío antiguo, pero la sonrisa persiste: ya estoy frente a la puerta de mi casa.

Sin embargo, en el último umbral, su rostro me alcanza, James Cameron, Londres le queda tan lejos como a mí este campo de batalla. Recuerdo el fogonazo y su mirada fija, una mirada que no pedía perdón, sino explicaciones. No había odio entre nosotros, solo la tragedia de dos extraños obligados a ser verdugos. James se llevó mi juventud entre sus manos, y yo, en este suspiro final, me convierto en el guardián de su memoria. Somos, al fin, una misma alma dividida por la guerra.

Y yo… Ya regresé a casa.

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