Introspección.
Ausencia total de luz,
territorio inexplorado al que me adentro
sin más equipaje que el de la soledad y mis palabras.
Silencio.
Minutos eternos.
Respiración agitada.
Taquicardia.
Y, de repente, dejo de estar solo.
Surgen de todas partes monstruos
disfrazados de miedos.
Fantasmas del pasado.
Y la muerte.
Con la tristeza.
Y el fracaso de la mano.
Me pierdo.
Y luego la resiliencia.
El instinto de supervivencia.
Llámalo equis.
Pero el caso es que nado hacia la superficie en
busca de la luz.
Y casi siempre me salvo.
Cojo aire. Respiro.
Estoy vivo.
Fin de la pesadilla.
Y prosigo con el cuento.
