Tarot y desahucio

Siempre fui tuyo,
más allá de las mamparas del abismo,
de este instante y su parodia
camuflada de tiza,
de mi obsesión por parajes
desarreglados de entorno.

Nuevamente yo sin ti:
un absorto desequilibrado,
invocador de la flecha de un lampo
y del desastre de este
y de todos los planos.

Ven
y hazme el amor
antes del rotundo atardecer,
infinitimismalmente desde cada piedra
hasta el muro de un recuerdo,
con las gafas empañadas
de los átomos sutiles y ligeros.
Que quemen como mantequilla
las alas de la incertidumbre
hasta arrojar su paraguas de ruina despechada
a un costado del desfiladero,

para beber de los poros de tu estatua
un sonido embarazado
de harapienta fe.

Y si tanto me odias,
si mañana llego a todas partes
demasiado temprano,
ven y grita desde el fondo
de un aguacero de luciérnagas:
tú te lo buscaste.

Para dejarme arrastrar
en la marea clínica
de esta identidad tan cacariza,
donde tú también eres
tan obsesivamente mía
como las primeras letras
de mi más hondo pesar.

Gravitaré entonces, por si acaso,
como una pluma inconsciente
sobre los pliegues insensatos
de los mares más rojos,
por si me engulle,
o marcho de pronto descalzo
en una huelga de miedo con gigantismo
y el peso de este mundo de hiel
y sus asfálticas consecuencias.

Porque en esta sensual aridez,
con sus ojos cerrados
como el viento sedoso,
dos adultos estiran
un suspiro voluble de flores:
un edificio de sangre,
nuestras palmas sin yemas,
acariciando tus otros nombres,
por si nos faltan lágrimas para dioses,
o para desvestir tu sombra
como un demonio

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