Sobre pensamientos y palabras

El pensamiento fluye habitualmente como un torrente desbordado, enfurecido; arrastrando en su cauce enloquecido una maraña de ideas, sensaciones, imágenes, problemas, soluciones y otras piezas que nos forman… el pensar nos erosiona, nos desgasta y se lleva también parte de lo que somos.

La palabra, en cambio, va despacio, se detiene y observa; siempre quiere decir algo, intenta estancar al pensamiento, represarlo; busca enajenarlo a fonemas y grafías.

El pensamiento se pierde, la palabra permanece. El pensamiento caduca, es etéreo, muere con el cuerpo y no habrá flores resecas en su tumba, a menos, claro, que su semilla haya logrado germinar en un campo fértil de palabras.

La palabra tiene vida, late fuerte en los ojos que la leen, anida en el corazón que la comprende y de esa artificial manera podría un pensamiento vivir aún eternamente.

El pensamiento, al menos el mío, con su andar indetenible y turbio, se lleva a distancias sibilinas tesoros invaluables y palabras nunca dichas. Pocas veces discurre sosegado, pocas veces me da tregua y se hace calmo. Cuando eso ocurre veo el río, veo la paz de sus formas; ondas hechas de fulgores plateados, bajo las que subyacen criaturas de colores y majestuosa pedrería… entonces lo profano, me contemplo a mí mismo y puedo bogar, con no poco cuidado, en un bote efímero al que me he atrevido a llamar “inspiración”.

He visto, con los años, pasar por la mente muchos pensamientos, grandes y pequeños; los he visto a lo lejos haciendo manotazos, los he visto horrorizados, mirándome a los ojos mientras se iban para siempre.
Se merecían algo más que el olvido; me pedían a gritos que los arrancara del vacío, que los anidara y los esparciera en una hoja; pero no siempre he podido rescatarlos de mí mismo o de mi mente.

No es fácil atrapar aquello que carece de ingredientes, no se puede contener aquello que es sustancialmente inexistente o débil; no se le puede asir sin cambiarlo por algo que ya no es. “El arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida” decía Vincent. Atrapar pensamientos y perdurarlos en palabras es un oficio que intento y admiro; pero solo soy otro caminante roto, un diletante humilde y lleno de nostalgias que me obligan. Mis ayeres, mis futuros, mis presentes; la belleza sublime o la fealdad irritante de mis horas; mis nacimientos y mis muertes. Muchas de estas formas no encontrarán patria ni en mi palabra ni en mi memoria.

En un ayer lejano, frente a un malecón soleado y un cielo fundido con un horizonte lontano, pude sentir lo que es y lo que no es, lo que dicen está tan dentro de nosotros que termina también siendo lo que hay fuera y nos rodea. Lo sentí fundiéndose a mí como una caricia venida de todas partes. Sobre mi cabeza revoloteaban en libertad hermosos pensamientos, y en el mar cristalizado, a lo lejos, brincaban a su ritmo una manada de delfines camino hacia el sur. Hermoso apunte de la vida que jamás olvidaré, precioso tiempo que también se fue. No era felicidad… era simplemente paz. Mi mente se llenaba de esa armonía increíble y mi rostro sentía el toque de la brisa de estío, que me traía un aroma diferente del que hoy es mi destino.

Vuelto al presente, prefiero por esta vez disfrutar, desde mi fugaz bote, la belleza impronunciable de aquellos momentos enmarcados en su ensueño; con los pensamientos libres, formando, en aparente complejidad, el sencillo y perfecto todo de aquel instante que algo me decía, y que ahora intento eternizar en palabras; aunque esto último produzca una extraña contradicción.

Muchas mentes han muerto sin ser oídas; muchas palabras, jamás han sido escritas… y tal vez sea mejor así, no todas hubieran sido comprendidas y en el mundo habría más locos.

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Septiembre 2024, mientras soy consumido por un pensamiento que jamás podría asir de una palabra, sin hacer más daño del que ya he hecho.

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Magníficas reflexiones sobre el pensamiento y la palabra…
Me quedo con la última…

Un saludo, compañero!