Jamás le pedí a la vida nada
que estuviese al alcance de mi mano
o dependiese de mi voluntad
o de la habilidad para jugar
las bazas que el azar depositó
sobre el paño verde de mi esperanza.
Si alguna vez pedí, fue lo imposible.
Y también lo improbable, en ocasiones.
Si nada recibí, no hubo desmayo:
siempre tuve el consuelo de la ciencia
dando argumentos para mis fracasos.
Nada me negó el goce del misterio
y la imaginación me abrió las puertas
que llevan más allá del horizonte.
Si no me quejo… pero…
Si de este lado todo fue silencio,
tanto, que me extravío en el ruïdo
y no soy nada fuera del vacío
donde escucho las voces del deseo,
quisiera a buen seguro un improbable:
no sé quién dormirá junto a mi tumba
—eso ahora poco importa— mas quisiera
tal vez otro imposible, aun así:
si puede ser, quisiera que no ronque.
(c) Joan Kunz