Selva y Volcanes. (Guatemala 1968)

Me gusta estar en contacto con la Naturaleza y disfrutar de todo lo que la misma conlleva. Nunca olvidaré cuando mi casa fue la noche, las estrellas mi techo y la luz de la luna iluminaban escondidos senderos entre las altas montañas. Cuando me sentía cansado reposaba mi cuerpo sobre una cama de hojas secas y con el crujir de éstas quedaba profundamente dormido. Mi despertar era temprano y disfrutaba de unos amaneceres jamás soñados. En ocasiones, miraba al cielo y todavía se podía divisar alguna estrella rezagada que parecía no importarle el rechazo del amanecer. Por las mañanas recuerdo el olor de la tierra húmeda y las gotas del rocío que recogidas en grandes hojas eran la bebida de todos los días. Sus bosques centenarios dormían soñando que el hombre no los despertase. Sus árboles de largas y curvadas ramas formaban un cerrado techo que casi impedían pasar la luz del astro rey. No se veían con claridad las huellas de mi andar sobre la mullida alfombra de hojas desprendidas y una cierta humedad mojaba el ambiente que se respiraba, pero no se sentía la soledad, pero sí una paz cierta. Parecía huraño el espectáculo, sin embargo, me gustaba el lugar, su silencio y lo que encerraba su entorno. Estaba de lianas repleto y de espesas hiedras que pacientemente escalaban las rugosas cortezas de los árboles envejecidos. El agreste paisaje pintado de verdes y ocres oscuros era de una belleza sin igual. Sólo la mano del Ser habitaba en ellos desde la noche de los tiempos. También eran de inigualable belleza las altas montañas que todo lo rodeaban y sus cimas humeantes parecían besar a las estrellas en cada anochecer. Cataratas de cristalinas aguas se despeñaban desde las alturas regando a su paso las enmarañadas selvas. Una extraña vegetación dominaba los contornos. Habían árboles milenarios de incalculable altura cuyos frutos eran grandes flores de variado colorido. Pasar debajo de ellos era muy costoso, dado que fronteras de espinos e intricadas malezas impedían el paso del caminante y sólo con un afilado machete se podía abrir un sendero. Tampoco puedo olvidar los alegres colibríes que a cada paso encontraba. Después de 50 años todavía visualizo aquel hermoso lugar que no puedo, ni quiero, jamás olvidar

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Logras en tu relato transmitir al lector la misma fascinación que en ti produjo la belleza prístina de la selva guatemalteca. Como si la estuviera viendo. Una composición, la tuya, de gran belleza descriptiva. Te felicito.

Muchísimas gracias apina: Tu felicitación me anima a que siga escribiendo. Un abrazo.