Schuld

Elizabeth sobre la cama, con las piernas recogidas, se debate en un concurso adolescente de miradas con Schuld, su gato negro. Él, sobre la silla, impasible. Ella, vencida, intenta olvidarlo, zigzagea hacia la cocina, a medio camino voltea hacia Schuld.

  • ¡No me mires así!, le dice.

Continua el camino, el ventanal le distrae, mira a la gente luchar contra el viento sobre un camino cubierto de hojas de amarillo otoñal.

  • ¿Qué pasó ayer?, se pregunta.

Sobre el cristal, un repentino cambio de enfoque muestra el reflejo de Schuld sobre el sofá, despreocupado, meneando su cola con ritmo hipnótico.

  • ¿De qué me acusas?, le pregunta.

Le desmotiva un nuevo duelo de miradas, sacude su cabeza adolescente y retoma su camino a la cocina. Se distrae por un pequeño destello en el suelo, luego otro y otro, junto a ellos, un cuadro boca abajo rodeado de cristales. Se esfuerza por recordar, pero no puede.

  • ¿De esto me acusas?, le cuestiona.

Acepta resignada un silencio de respuesta y se sienta en el sofá. Schuld pega dos saltos hacia una pila de libros, insensible con que de camino, pasó sobre Elizabeth. Ella responde a la indiferencia atravesante con un:

  • ¡No me arrepiento!

Él se mantiene fijo, mirando.

  • ¡No se lo perdonaré!, le dice.

Ella, finge mirar para otro lado, vigila a Schuld de reojo.

  • No seas tan duro conmigo, le ruega.

En el otro lado, hay un portallaves con su nombre grabado en unos de los ganchos. Su gancho… vacío. Junto a él, el gancho de Rodrigo, también vacío. Elizabeth baja la cabeza.

  • ¡No se lo perdonaré!

Toma la iniciativa, despacio, tímida, se acerca a Schuld, se detiene a pocos centímetros, él deja de menear la cola, incómodo, confundido, atento. Ella estira el índice, quiere tocar su cabeza y recorrer su cuerpo gatuno, no llega a tocarlo. Él, se eriza, brinca, atraviesa el salón, se posa sobre el sofá. Ella, derrotada, mira el cuadro sobre el suelo.

  • ¡No se lo perdonaré!

Vuelve a la habitación.

En la noche, Rodrigo vuelve al piso, despacio deja las llaves sobre su gancho, junto al de Elizabeth que sigue vacío. Repara en los destellos del suelo, se acerca y reconoce uno de sus cuadros estrellado contra el suelo.

  • ¿Has sido tú, Schuld?, pregunta

El gato salta sobre él ronroneante y cariñoso, Rodrigo se inclina a recoger los trozos pero se pausa, mira silencioso la puerta entreabierta de la habitación.

  • Habrás sido tú Schuld, ¿no?

Escruta desconfiado el salón de lado a lado, no encuentra nada. Recoge el cuadro, lo voltea y sonríe, es él con una mujer de la que ayer recibió un si a una pregunta que temió hacer durante años, alegrías juveniles incomunes en hombres de más de cincuenta. Su sonrisa se achueca repentinamente, se le entromete el recuerdo de que ayer también fue el cumpleaños de su hija, Elizabeth. Suelta un suspiro, mira su gancho vacío mientras acaricia a un pacífico Schuld.

  • Te visitaré mañana Elizabeth, se justifica

Elizabeth, su hija muerta que ayer hubiera cumplido dieciocho.

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