Red, red, red

La dama de rojo hundía vasos de tequila en su boca y la línea de la sangre enfurecida ardía, ardía y ardía. Bajaba sus ojos con exaltaciones pardas y a quien miraba (poseía o poesía) pensaba en los colores de la piel de los abstemios y reía desde dentro hasta lograr una gutural fiesta emergiendo desde su garganta.
Bailaba sola no por falta de acompañante, sabía que su ritmo era mortal y para cadáveres ya tenía varios en su mente y cuerpo, ése horizonte también era rojo y sus tacos aguja conservaban rasgos de furia, agonía, desolación, idolatría y una estruendosa carcajada.
El ritmo era implacable y la música surcaba pasajes frenéticos que ella intuía desde la piel estremecida, no había descanso cuando recorría el tablao hasta el borde de sus ojos, sin embargo, en su mente la flor creía en un desierto de cuerpos y aplausos cacofónicos.
Había paz mientras ella era caos, torbellino, luego huracán y finalmente escándalo. Surgía desde sus fibras la alegría del sudor salado, la crispación de su piel, la locura de sus brazos alzados en busca de la adoración final del espectáculo.
Aparecía su figura en cámara lenta, en cámara negra, en cámara de súper alta definición y cada movimiento de su vestido, el moño en su cabello y la rosa roja eran la prosa perfecta cuando gesticulaba el poema “bodas de sangre” a dos vueltas y el corazón podía flotar por la sala.
Las guitarras teñian de pasión sus caderas y cada golpe al piso era un nuevo comienzo, la dama de rojo era la reina, La Faraona y nadie dudaba de su encanto gitano, de su vuelo por la tierra de ancestros y veneraba en cada intención su raíz profunda y belicosa, tormento y pasión, amor y odio y paz, todo junto y revuelto en sus entrañas, tan vivo como ella bajo las luces de la vida, su vida que siempre fue una exultación ante la muerte compañera.
Mas cuando el telón caía y ella era más flores en lluvia también moría por instantes de sudor, lapsos de excitación propia de haber dejado las aulas regadas de vida, entonces, tomaba cada uno de nuestros corazones y en un nuevo acto de magia nos devoraba mientras aplaudíamos y los músicos también ejecutaban su acto antropófago degustando nuestras risas, bebiendo nuestro llanto, mordiendo nuestras manos que seguían la mecánica del aplauso y que decir de nuestros cuerpos, solo quedaba la sangre y ésa sensación valiosa de haber muerto en un acto único, ahora éramos recuerdos en sus estómagos, en sus fauces aún restos de alegría y ésa embriaguez del baile, de la música y ése todo de la mejor “bailaora” Lola.

Texto inédito y sin revisar, creado directamente en la plataforma de Poemame mientras escuchaba Réquiem de Mozart.

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Supiste darle ese aire encendido, apasionado y de tragedia que envuelve al baile y cante flamenco. Me vino rápidamente a mi mente, Lola Flores, genio y figura sin igual en ese arte.
Muy bueno tu escrito, compañero, lo disfruté! Saludos :heart_eyes:

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Muchas gracias por pasar a leer y mayormente agradecido por el comentario.

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