Quebrada

Lola se fue de nocturnidad caminando por la quebrada de San Ramón dejándose llevar por su linterna y el ruido de sus propios pasos, armada con su mochila con cuatro pertrechos y comida para un día. Intentaba probarse a ella misma que podía vencer a sus propios miedos, dejar atrás los malos pensamientos, sus malos rollos con el mundo. Respirar la vida.
Las piernas le aguantaron bien hasta la quebrada de los Quillayes donde empezó a sentir el cansancio en sus huesos, la fatiga mental que supone varias horas andando y la acumulación de los recuerdos que el silencio y la soledad de su camino le iban proporcionando sonrisas y alguna que otra lágrima, a pesar de su fortaleza su corazón es un avispero, lleno de extraños zumbidos que la manejan con emociones, impulsos, a veces incluso sin pararse a pensar que lleva a una mujer a caminar sola por algo tan separado de la ciudad, a mano de lo inesperado.
Su meta era la quebrada Nido de Águila donde se besó por primera vez con un sapo que le prometió ser un príncipe y que a lomos de su motocicleta de montaña intento meter su mano por dentro de sus bragas ganándose una sonora bofetada, que una cosa era meter lengua en unos besos calientes y otra meter la sardina en la cesta.
Lola quería volver a sentirse como aquella vez donde los buitres no revoloteaban su cabeza, donde aquellas mariposas que juguetearon con su ombligo la hicieron enamorarse y que los años le demostraron que los príncipes solo están en los cuentos de los niños, en la vida real los sapos muchos de la raza cornuda son mas babosos y se inclinan a la obediencia de que cualquier coño es bueno si no les descubre la parienta.
Lola se perfiló en lo más alto, con frío. Allí pudo dar rienda suelta a su rabia y gritó, gritó con todas sus fuerzas y no encontró el eco de sus palabras, un pájaro se posó en el suelo cerca de ella, la miró extrañado de verla gritar como un gorila en una jaula. Lola cogió un trozo de pan de su mochila y le echo unas migas al suelo. Se quedó observándolo durante unos minutos, se sentó en el suelo y espero el amanecer con calma.
Volvió a la ciudad, entró en su piso, encendió el calentador y llenó una bañera de agua caliente, cogió una navaja de barbero y escribió con su pintalabios en el espejo: Adiós.

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