Que no le cante a la flor

¡Que no le cante a la flor!.
¿Cómo que no le cante?
Es de ingenuos me dices…
¡Cómo no cantarle, cuando la inocencia muere!
¡Claro que debo hacerlo!

Ya olvidaste tus días de jardines,
cuando robabas sus colores,
cual hormiga laboriosa, hacías montañitas,
esparcidas por el viento, extraían tu sonrisa.

¡Que no le cante a la flor!
Ni siquiera recuerdas las noches,
en que enamorado, decías largas letanías,
de me quieres, no me quieres.
¡Ja!, ¡Que no le cante a la flor!
A la rosa que expresaba,
un corazón cautivado,
en manos de otra flor.

¡Mira que ingrato!
Si llevaste los florales,
a la madre de ternura,
que, envuelto en dulzura,
con sus besos te dejó.

¿Que no le cante a la flor de la esperanza?
Tras el que en cama te brindó, su trémula sonrisa,
ante el gesto y su aroma,
hablándote sin prisa.

¡Dime que no le cante a la miseria!
que carga sus lamentos, en sacos putrefactos
y en camas de cartón.
A ella elevo mil plegarias,
para que los corazones andantes,
se sientan trastocados
y regalen más que flor.

¡Dime que no le cante al vil asesino!
Que por falta de amor,
le reclama a la vida,
y perdiendo los sentidos,
mata por dolor.
Pero a ésta, tan sencilla y callada,
alegre y misionera,
me resbalan las palabras,
le quiero cantar yo.

¿Acaso indiferente,
pasarás ante la gente,
sin agradecer a la hermafrodita,
que desgaja ricos frutos
obsequiando nutrición?

¡Pídeme, que no le cante al explotador!
Que saca de las entrañas
de los huesos de nuestra gente,
los dólares, trayendo desesperación.
Pídeme que no le cante a lo absurdo,
que regala a manos llenas,
al que se desborda en placeres,
y al mendigo, le niega hasta el frijol;
pero a la flor, que se esparce,
aún sin que la siembren,
que sólo pide agua,
y un rayito de sol…
Déjame que le cante hoy,
pues el día en que yo viaje,
al final descanso eterno,
las flores cubrirán mi tumba,
Con lágrimas de paz y perdón.

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