Entintado.
Mis pupilas,
a prueba de convencionalismos
y moralistas acomplejados,
escudriñan lo que sus ojos dicen y,
sobre todo,
callan.
Y un ángel se nos cruza
persiguiendo a su paloma blanca. Un caído más que irá derecho al infierno.
Entonces,
en un vago intento por llenar ese vacío,
las palabras corren a socorrer mi silencio
y me enfado
—una vez más—
con estas putas normas sociales,
con mi superyó.
Con la moralidad.
Y conmigo.
Hago preguntas aleatorias,
absurdas,
como quien dibuja un cuadro abstracto a golpe de pincel.
Y no escucho siquiera las respuestas
—ni sé si existen—,
no hacen falta
porque,
al llegar la noche,
reescribiré esos momentos,
recordando todo cuanto he vivido
desde esta alocada alma.
Diré entonces
que su mirada era pura como la de un niño,
o que el tiempo se detuvo al verla aparecer.
Diré que me puse nervioso
y que las palabras brotaban de mis labios
sin sentido
—ni razón—
aparente.
Diré que era un ángel.
Un ser de luz.
Y yo,
una mera mota de polvo
en mitad de su nada.
Diré que todo fue una dulce mentira.
Tantas cosas diré
que todo será
y no será al mismo tiempo. Y no habrá contradicción que valga.
Millón de gracias, @Noracris . Agradezco de corazón tus palabras.
Cito al gran Borges, en una entrevista con Antonio Carrizo:
“Todo lo que uno escribe es autobiográfico […] todo cuento mío corresponde a una experiencia personal, sobre todo una pasión personal. Yo no concibo que se escriba sin emoción. Lo demás es suponer que la literatura es un juego de palabras […]”.
Desde que comenzara a escribir, tan solo me he dejado guiar por esa pasión, por esa emoción que nace dentro. El único mérito que tengo (y asumiré) es el de intentar no cometer muchas faltas de ortografía.
¡Es un poema hermoso, profundo!
Leía esta parte y pensaba que eso me pasa a mí, y quizás a la mayoría de las personas con insomnio …rememorar al llegar la noche.
Y ya no sólo que rememores, sino que reinterpretes lo que haya ocurrido desde una perspectiva totalmente distinta (pero sin alterar ningún acontecimiento). Cada persona encierra cientos de personas dentro. «Somos multitudes», como dijera Whitman.