Aquel miércoles de un año preciso:
las nubes concibieron la lluvia:
a la tercera semana las primeras
gotas musicales empezaban a desarrollarse.
Se alteraba el ciclo del agua.
En el décimo mes presentaban contracciones
y el alumbramiento de los rayos lo anunciaba.
Ocurría un parto de agua dulce y salada.
Daban luz a los arco iris sonrientes
Bod Dylan tocaba ‘Delia’
sin la cuerda sol de su guitarra eléctrica.
Sobre canastillas de hojas recolectadas
las flamas gemelas en otoño dormitaban.
Nacían las primeras voces góticas de la llovizna
y el cielo adquiría ese color plateado inocente
y el frío conservaba ese calor entre su propio hielo.
Las nubes rompían fuentes y engendraron
borbotones ardientes y calentones
que al mar caían y melcochas de bombones formaban.
Y hubo una gota negra de la familia,
con particularidades rockeras, insensible y afectuosa;
dulzona por dentro y amarga por fuera,
que cuando irrumpían en bravezas
adquiría el carácter salino de su padre,
y entonces la lluvia sabía amar
y el mar a caramelo.
Desde un balcón sin techo
En Santa Elena de Uairén,
una mujer “chiquita de amor”
se mojaba el rostro con aquel bendito líquido amniótico
para desinfectar los recuerdos sin antibióticos,
para evitar que las raíces se pudran
y nunca mueran los versos estrambóticos
y sus jardines reciben transfusiones
del mismo tipo de sangre erótico.
Rodrigo de Triana no gritó:
“Agua”, sino un par de “te amos entrecortados”
Desde entoces, todas las precipitaciones adoptaron su nombre.
Esas gotas crecen, se reproducen y no sucumben;
Se aglomeran y tocan puertas y ventanas;
bailan sobre las ramas y cantan para perpetuar la esencia.
Porque en días grisáceos las nubes hacen el amor;
entonces, los suelos huelen al raro petricor
y tras nueve meses florecen veintidós poesías y canciones.
Mientras tanto, el viento irá soplando las veintiuna velas
afincadas en el pastel que sobre el mar exasperado navega
y la lluvia traerá consigo el aroma de los frutos
que a otras naciones se han marchado a ciegas.
21 de octubre de 2017