Pozo de la Vega, lugar de cita,
de tiernos cuerpos ávidos de besos.
Enhiesto cántaro que la chiquita
portea en la cabeza, huele a cantuesos.
Y algún atardecer salta una cuita
por un apuesto gañán, ojos presos
de más de una diosa. Ya nadie quita
que se derrame el agua, haya revesos.
Cada vez la soga pide más metros.
Cada vez la luna luce más clara.
Y cobijado ante tales parámetros,
a una y otra, sin descanso, abrazara,
alternando tan deseados cetros
con la batalla diaria de la jara.
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