Es extraña verja que enturbia la belleza,
fruto podrido de la razón ya rendida.
Y sin razón, ¿qué soy yo sino teja vencida,
si en mí la pereza su humana ley empieza?
Por competir con tan mala bajeza,
hízose mío el don de la constancia.
Un frío abrasador al alma, que en su arrogancia
convierte en pasto a la ya sabida pereza.
Combatir este mal no es empresa fácil;
solo la firme labor vence su gélido avance.
Persevera: el hábito al fin te vuelve hábil.
Y al salir con escudo de tal trance,
recuerda que no has de caer vil,
vaya a ser que regrese tal percance.