Araña estaba enfadada. Y condenada.
Condenada a tener cinco patas si perdía tres. Daba igual cómo, cuándo y dónde las hubiera perdido. Era el precio a pagar por tener ocho patas.
Las personas, que sólo tenían dos patas, no podían perder tres y, en consecuencia, no estaban condenadas a quedarse con cinco. Qué suerte tienen las personas -pensaba Araña- que no están condenadas a quedarse con cinco patas al no poder perder tres. Ojalá tuviera dos patas, para no poder perder tres, para no quedarme sólo con cinco.