Yo solo me quejo porque veo.
Te veo como un perro acariciado,
te doblegas aunque esté tu padre al lado.
Te gusta la risa y la alegría,
reír de muerte hasta morir de risa.
Pero no abres la boca para nada,
no das tregua a tu silencio
ni un buen golpe a tu vergüenza.
Renunciarás al derecho de comer reunido.
Ya no podrás hacerte el dormido
ni escoger la soledad.
Se acabará la ilusión por ilusionarte,
la risa orgullosa en un espejo,
escribir y que te cueste,
leer y que te duela.
Olvidarás el sentimiento de sentir sin propósito
y por tus rodillas trepará un romanticismo apocalíptico.
Y repítete más, sigue con ello.
Llora, derrama sentimientos y deja que se sequen.
O usa el producto que se escurre de tu aliento
para labrar tus manos plantando zanahorias.