Cuando tomo una hoja,
para plasmar en ella,
lo que siente mi alma,
y mi verso te nombra,
ya no importa la rima,
ni la estúpida métrica.
Cuando busco el compás,
de la mítica estrofa,
sólo atino a pensarte,
y entre rimas y versos,
pienso ya en la cadencia,
de nuestro íntimo baile.
Y me invade el silencio,
que prosigue al cansancio,
de la sed que saciada,
deja ir las palabras,
y se escapa la idea.
Sólo queda plasmada,
una cama revuelta,
que al final es la hoja,
y es el mudo testigo,
de nuestro gran poema.
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Es preciosa tu aportación. Un sincero aplauso.
Me encanta cómo desprecias la estúpida métrica para darle paso a una métrica mucho más real: la del pulso y el deseo. Es un poema con una fuerza visceral increíble.
