Naufragio

Manos de espada y astillas de metal.
La tormenta del hombre hundido en el silencio.
Cuando ocurre la oscuridad, la mar queda perpleja,
las sombras son amables para los demás.

Las tormentas y las espadas, frías indulgentes.
El ubérrimo metal fundido de la fragua mas profunda,
que se vierte en los ojos de la luz blanca oculta,
en lo profundo del mar.

Para el marinero, el lucero es el faro a la oscuridad.
Y las rocas del averno, entre las sirenas y las gaviotas,
destrozan los navíos y las esculturas de diosas,
que de la madera brotan.

Quiere verle a los ojos, pero los ha perdido.
Es un siego de poca monta embravecido como el mar.
Maldice el orbe que es la tierra mientras flota sin rumbo,
y sobre ella ebrio de locura, da tumbos a la muerte tenaz.

Las rosas y las valquirias giran en los remolinos,
y se mutilan con el llanto y la risa de la lluvia escarpada.
Tan fría y desgraciada su vida sea, que de ella no hay nada,
que pueda rescatarse y salvarse del naufragio.

Si quiere predicarlo, el hombre tiene que correr,
tiene que caminar y debe volar por encima del agua.
Tiene que ser un profeta de la voz que profesa la verdad,
que cuando cae la noche las aguas son una con la tierra.

Semejante locura no puede ser mas que una espada,
y las que cortan mas, por la piel y el hueso de los hombres.
Pues que de ellos sea también su misericordia,
porque ni la naturaleza llega a ser tan cruel.

Guárdate de las apariencias de la juventud, y de su necedad.
Todo puede salir mal en cualquier momento.

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