Hicieron muñecos de arena
y su palmera navideña lucia
elementos alegóricos al otoño.
Entre sus ramas colgaban guirnaldas, perlas nacaradas y escarchas arenosas sepias.
Un aroma a sales marinas se desprendía de la nevada ambarina.
Era nochemala y destaparon la botella sobre la arena.
Había conservas de mariscos y también vino de uvas de playa espumante
para brindar por los amantes.
Las sirenas entonaron villancicos desde lejos.
Los cocoteros bailaron un calipso triste
Sonaron las maracas de cocos, demasiadas semillas adentro de la soledad.
Hubo momentos silenciosos, hermosos y largos, donde las olas formaban pliegos de acordeones y los caracoles pedían más espuma al mar.
Desde la pista de aterrizaje del horizonte, los marineros se iban y solo se veían cómo brillaban sus estrellas de mar en los hombros, perecían generales condecorados, se despedían del continente y del contenido.
El submarino con los regalos del amor nunca llegó y si pasó no se vio.
Los trineos marinos se voltearon, mucha poesía guiadas por los caballitos de mar.
Sonaron las campanadas de las doce, y la palmera floreció anunciando que ya era Navidad.
El mensaje de paz inserto en la botella, siempre será encontrado en la orilla de una lágrima extraña, aunque en dichas fechas prevalezca tanto distanciamiento y el mar devolvió todos sus versos, como si no estuviese conforme con lo que les arrebató.
Xhuvia922.