Lecciones que da la vida

En el Paris de la France, allá por finales de 1800 –en 1892, en concreto–, existe, en la rue de l’Université esquina con el boulevar Saint-Germain, un comercio de esos donde se vende un poco de todo, ya me entienden: desde una escalera de doble rampa, martillos y clavos de diversos calibres, hasta telas, hilos y botones de múltiples colores, o golosinas y juguetes. En el momento en que se desarrolla nuestro événement tragique la tienda está vacía a excepción del dueño, claro está, y de monsieur Pierre d’Arpajon, un vecino del barrio que suele frecuentar este y otros locales aunque no con muy honradas intenciones, pues es un habitual del pequeño siseo en los comercios de la ciudad. Son las 11:55 horas y el local está a punto de cerrar, pues a las 12 es la hora del almuerzo. Es en eso que entra un corpulento caballero portando un maletín médico. El dueño y el recién llegado discuten y, como las dos veces anteriores en lo que va de mes, el comerciante vuelve a negarse a pagar la extorsión –el recién llegado es el recaudador de la mafia local que viene a exigir la cuota mensual–. Sorprendentemente esta vez el sicario no parece contrariado y, con un leve movimiento de cabeza, se despide y se marcha. Sólo monsieur Pierre, que ha estado observándolo todo desde un rincón, se ha percatado de que aquel caballero malencarado se ha dejado junto al puesto de los paraguas el maletín que traía. «Esta es mi ocasión», piensa, y, sin decir nada, lo coge disimuladamente y sale de la tienda. Sin embargo, con las prisas, no escucha el tic-tac y, al dar la vuelta a la esquina, la bomba que oculta el maletín explota y monsieur Pierre muere despedazado.

Y ahora… piénsenlo detenidamente: ¿Cuál es la moraleja que podemos sacar de este événement tragique?.. Pues que la vida no es un párrafo y la muerte no es un paréntesis, así que no robes, mentecato, o puede que lo que robes te mate.

Luis J. Goróstegui

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