Las visitas

Aceptarnos terrenales entre los lirios,
disolvernos en el polen que cae y se propaga,
fertilizar los rincones
donde nos escondemos del abismo.

Creer en fantasmas.
Aunque los muertos se alejen
y el viento se lleve los gemidos,
dejándonos sedientos,
sin otra forma de afirmarnos
que esta vocación de sordos
en un mundo de voces ajenas,
donde el silencio condiciona los labios.

Terrenales también entre los recuerdos,
incompletos, sin dejar por ello de levantarnos.

Mirar al abuelo inalcanzable
tocar su violín en las fiestas de aquel barrio
disuelto en memorias;
un suelo que sobrevive a las inundaciones
y a la caída de los puentes.

Descubrirnos, sin quererlo,
convertidos en ese abuelo de otros nietos
que nos observan desde el asombro.

Y así continuar el camino hasta el fin del invierno.

Acaso para entonces resistamos todavía
en la foto de una sala oscura,
que solo se ilumina
cuando llegan las visitas.

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