Las puertas me dicen que es invierno, que son el último guardián antes del frío. El cristal y los abrigos me recuerdan el clima. Veo penetrar a un vecino escupiendo vaho. Le digo que el frío es psicológico, se ríe y me contesta que no me arme de chaqueta y salga con valor que eso también es psicológico. Le digo que las piedras no pasan frío porque no pueden procesarlo y me pregunta si yo hablo “piedra” como para mantener una conversación con ellas. Ahora el que se ríe soy yo. Salgo del edificio con una sonrisa que es reminiscencia del chiste. Siempre había hecho ese chiste, pero nunca se me había ocurrido que alguien pudiese hablar con las piedras.
Traspaso el umbral y las puertas me susurran un poco de viento helado al abrirse. Las calles invaden mis fosas nasales y las ofenden con vapor y olor a flatulencias de coches y autobuses. En el parque que hay junto a mi casa veo a un perro y se gana mi mirada. Ya he olvidado al dueño, al parque y sus árboles. La mano desciende, los dientes gruñen. Capto el mensaje, pido perdón (aunque no sé bien porqué). Nunca pido permiso a los perros para acariciarlos, parece que este no tenía un buen día. Está claro que todos necesitamos un espacio, nunca se me había ocurrido que los animales también. Mastico dos palabras y musito un adiós al amo. El amo no responde. Creo que ambos tenían un mal día.
A lo lejos, en la misma calle, veo a una familia que se aproxima en mi dirección. Una estridencia aguda e infantil irrumpe con violencia en mis sesos. Mi cara se transfigura completamente. Siento la tensión en el ceño, en los pómulos, en cada uno de los músculos faciales. Un padre desconsiderado me mira amargamente y se da cuenta de la mueca, no hay margen para disimular. El pequeño muñeco de nieve pasa entre un alboroto de juguetes y llantos. Le diría algo al padre, pero me muerdo los consejos y los trago. Porque luego las otras personas no los digieren bien. Supongo que los consejos, buenos o malos, no son parte del menú diario de la gente.
Las luces ya están aquí aunque no es de noche. La gente las mira como polillas idiotizadas o las ignora como algo fútil o se quejan de lo innecesario del asunto. Un anciano se maravilla con las luces y alaba su belleza, obviamente pertenece al primer grupo. Yo, pertenezco al último, los detractores. Entonces, lo miro brevemente y le digo que son tan bonitas como el dinero, el dinero que cuestan y el que mueven. Me contesta que no entiende mi amargura y mi rencor hacia esas luces, esos adornos tan bonitos. Le pregunto si sabe qué se está festejando, si conoce el motivo real. Se queda pensativo y me responde exactamente lo que ya me había predicho mi cerebro. Yo tenía la jugada estudiada, la gente no suele ser muy original. Moví ficha, lo dejé en jaque con la contestación: “Si alguna vez ha leído el libro sabrá que algunas fechas están hechas de ficción.”