Las frías aguas

La vida que regalé, terramar lejana.
Siluetas de veleros en pleamar,
suscitadas y frías a las islas perdidas.
En el pacifico agitado, de mi océano embravecido.

Te trato en el olvido de mis amarguras.
Yerta en la rivera de un último atardecer.
Tácita y plena, absorbida como el sol,
por el cálido horizonte del poniente.

Aquí, en la playa de las almejas de esmeralda,
parecería que los sueños más abyectos se hacen realidad.
Por eso esta es mi última carta, a ti, que te deseo,
mi último grito en esgrima de pluma y tinta.

De verdad, solo puedo tener en mi memoria tus ojos.
Esos ojos carmesíes de pura turmalina, añorados.
Derrotados ante el deber que te separó de mí.
Asimilados en el recuerdo de la noche en que te conocí.

La recuerdo bien, éramos ambas dos errantes.
Éramos en un tibio rayo de sol, esperanza para la otra.
Un beso como la miel selló nuestro destino.
Y ahora, la luna conmigo llora, mi última misiva.

Ondulante he ido y vuelto a ti, como una perla de gracia.
Una dádiva silenciada en su forma armoniosa,
a caer en la pena y el desahucio que forma mi espera.
Reencarnando desde las aguas cristalinas.

Me he vestido con tus prendas, arropado en tus rosas.
He florecido en tus letras, crecido con tus notas.
Canciones de marea alta. El amor que me embarga.
El deseo que me encanta, en mi propia redención.

Quisiera volver a sentir tu fina cintura,
esforzarse hasta casi romperse delicada,
sosteniendo tu inmaculada belleza,
rogando por el tacto de mis suaves manos.

Rosar el diamantino néctar de tus pliegues,
sentir por una vez más tu voz susurrante,
tu aroma de primavera bermeja y cían,
tu tornasolada conmoción de joven pura y tierna.

Si lo deseo realmente iré contigo.
Más allá del reflejo de las estrellas,
en lo profundo,
de las frías aguas.

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