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Fernando Giraldo de Andrés
14/06/2026
La verja
Me temo que soy la causa de la enfermedad que consume mi hogar. Los muros exhiben hematomas húmedos, mientras del techo cae lentamente un fino polvo que envuelve la casa en un sudario estéril.
Con los dientes apretados y el silencio ovillándose a mi alrededor, recorro el pasillo que conduce a mi despacho. Allí, durante horas, me encierro en mi propia mente.
Las sombras descansan sobre los muebles y la poca luz que habita el cuarto padece mi misma enfermedad.
Abro la ventana y un olor a flores podridas llena toda la estancia. Mi estómago protesta, provocándome náuseas. Sin embargo, es un precio bajo si consigo que, aunque solo sea por un instante, desaparezcan las sombras que me consumen.
La calma es espesa y el olor a tierra húmeda envuelve un jardín descuidado: flores marchitas, hierbas que alcanzan las rodillas y ramas que arañan el alma.
Hasta mi ventana llegan los dedos de una hiedra, una mortaja natural que cubre la fachada de una casa anclada en el pasado, de esas ante las que todos pasan de largo.
El jardín sigue igual que ayer. Nada ha cambiado. Los días transcurren y nada se mueve. Siempre es de noche. Quizá la tierra sufra el mismo dolor que yo por mantener vivo aquello que debió ser enterrado hace mucho tiempo.
No sé cuánto tiempo llevaba asomado a la ventana —yo diría que no mucho— cuando algo llamó mi atención a lo lejos. En un principio pensé que se trataba de mi imaginación, pero entonces lo distinguí.
Alguien caminaba por el sendero, alejándose de mi casa. Solo podía ver un bulto oscuro avanzando con dificultad.
Me debatí entre encerrarme de nuevo o intentar ayudar a aquel ser surgido de la nada.
Finalmente abandoné el despacho, bajé las escaleras y salí de la casa.
Mis pulmones se llenaron de aire limpio. La ansiedad que ahogaba mis pensamientos desaparecía cuanto más me alejaba de mi hogar.
El silencio había dejado de ser hostil para volverse protector. Un firmamento que nunca antes había visto me invitaba a permanecer bajo él. Quisiera describirlo, pero no encuentro palabras para expresar la serenidad y el calor que derramaba sobre mi espíritu.
Seguí avanzando hasta que la oscuridad ocultó mi casa.
Sin saber cómo, me encontré frente a una vetusta verja. Se abrió sin emitir el menor sonido.
—Buenas noches. Hace tiempo que lo esperábamos —dijo un desconocido al que no había escuchado llegar.
Quedé inmóvil.
¿Me esperaban?
¿Quiénes me esperaban?
Ante mí se abría una frontera que no parecía pertenecer al mundo de los vivos.
Dudé si entrar.
Crucé las rejas y sentí un abrazo invisible que me reconcilió conmigo mismo. El cielo había cambiado. La luz que me había guiado hasta ese momento parecía conocer cada uno de mis pensamientos.
—¿Qué lugar es este?
—Un cementerio —respondió tranquilamente.
Debía sentir miedo.
No lo sentía.
Mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho, recordándome que aún estaba ahí.
No podía recordar cuándo había sido la última vez que me había sentido así.
—¿He muerto?
—No.
—¿Estoy soñando?
—No. Estoy aquí para ayudarle.
Lo miré a los ojos y encontré bondad en ellos.
Todo mi cuerpo hablaba de pertenencia… de consuelo.
Una niebla suave refrescaba mi rostro, haciéndome sentir más vivo que nunca. De los panteones salían voces; no lamentos, sino conversaciones animadas. Algunas se me antojaron familiares, aunque eso era imposible.
Me crucé con sombras ingrávidas.
—¿Por qué me miran? —pregunté.
—Porque te conocen.
No podía ser. Quizá era la expresión de fascinación que debía llevar. Todo resultaba tan natural que incluso el tiempo parecía haberse olvidado de contar las horas.
Nunca había estado en un cementerio que me hiciera sentir tan acompañado.
No había juicio ni soledad.
Solo descanso.
Si lo que estaba viviendo no era un sueño, ¿qué había cambiado dentro de mí para sentirme así?
Me detuve a contemplar un ciprés rodeado de plantas imposibles de encontrar en ningún otro lugar. Su mezcla de olores era como respirar polvo de estrellas.
Instintivamente volví la cabeza hacia las rejas.
—Sígame —dijo el desconocido.
No sé por qué, pero confié en él.
Después de mucho tiempo, no me sentía solo.
Pronto nos detuvimos ante una tumba tan reluciente como las que la rodeaban.
Tenía mi nombre.
—Aquí puede enterrar su dolor.
—Yo no le he dicho mi nombre.
El desconocido me miró.
—No hace falta.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Soy un amigo.
Volví la cabeza hacia la entrada.
Las rejas se cerraron con el mismo silencio con que se habían abierto.
Por primera vez no sentí la necesidad de huir.
