No me fío de la gente
que baja la persiana
cuando empieza la tormenta.
Ni de los que se cubren
cuando sale el Sol.
Tampoco de aquellos
que tapan sus oídos
cuando truena la noche.
Ni del amante
que no se desnuda
por completo.
Solo me suelo fiar
del pálpito de mi piel
y del sentir de mi alma.
Y aún ahí,
me suelo hacer la dura.

