La rosa de piedra

El que guarda lo que aún se susurra debajo del amparo de la antigua rosa es él, caballero andántico, forjado en lo de los preceptos del ideal platónico… endiosando lo burdo hacia lo que se muestra divinal… Caballero arrodillado movido por el impulso de un ademán sincero, busca lo perfecto; se place en lo justo… No anhela ínfulas que le encotufen de vano orgullo sino más bien, persigue la justicia, lo que aprecia valedero en lo que se adjetiva loable. Su ágape se enraíza en lo que es en principio amigable. No busca la enmedallación del reconocimiento; antes bien prefiere pecar de modesto… huidizo, fugale a los ardores de la voluble fama. Se da por satisfecho si cumple para lo que ha nacido: guardar tras la sombra de su filosa espada, la integridad del cáliz, la preservación de la línea de sangre, que aún sigua floreciendo de blanco, el tallo inerme de una enardecida rosa rubra, primorosa, como el craso error de la gracia que se desinencia en deseo.
Allí, donde ahora sólo hay ruinas cátaras de lo que antes era fortalecido, sólo quedan ecos heroicos, melodías inconclusa de olvidados cuentos. Sólo los que permanecen fieles, guardan la rosa, accesan al secreto, arrodillándose, ante su belleza ruínica… así actúan los que se precian de leales, los que al actuar, no tienen doblez.

Chane García.
@ChaneGarcia

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