La mujer prohibida

Mujer, no dejo de verte.
Cuando el fulgor de la noche
sabiamente iluminó tu cuerpo,
no pude creer que pudiera contemplarte.
Mis pupilas no aceptaron ni tregua ni reproche
pero mi labio tembló al acercarme y besarte.

No comprendí, en el ocaso de aquel día,
que conducía a mi partida inevitable,
al gran error del placer de mi amor prohibido.
Mujer, no dejo de verte en aquella travesía,
tu cuerpo y su forma, el olor inefable
del agua de tu boca que se evapora y me olvido.

Si bien, no existe prórroga para dejar de buscarte.
Mujer, no dejo de pensarte.
Mujer, no dejo de invocarte.
En el día cuando camino o cuando en la noche deambulo
tumbado en el césped o en el asfalto frío.
Mujer, sal de mi cabeza.
Mujer, porque no puedo encontrarte.

Pensando en el autor del engaño, en aquella fría y mecánica acción traducida en obsesión y desapego. Para S. S.

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