La misma edición


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Fernando Giraldo de Andrés
09/08/2026

La misma edición

He empezado a adentrarme en la madurez, ese territorio donde las certezas de la juventud se desmoronan lentamente y se transforman en preguntas.

«Si hubiera llegado cinco minutos antes…»

«Si hubiera dicho aquella frase…»

Cuanto más observo el mundo, más se instala en mí la sensación de ser yo quien permanece expuesto en una urna transparente, a la vista de todos.

Hoy todo el mundo lleva una cámara capaz de registrar cualquier instante. En cada esquina, un ojo de cristal graba las veinticuatro horas del día. Me siento constantemente vigilado, incluso cuando no soy el centro de su atención.

Ni siquiera en el club de lectura desaparece esa sensación. A veces me pregunto si los demás también perciben esa mirada invisible que nos espía o si soy el único capaz de sentirla. Quizá no sea más que un recuerdo de mí mismo repitiéndose una y otra vez, como una nota al pie de mi propia historia.

—Para creer, antes hay que construir símbolos —le dije al moderador del club de lectura.

Desconfío de quienes creen tener todas las respuestas. En realidad, no tengo fe en nada. Estoy tan acostumbrado a la burla que soy capaz de oír las carcajadas de quienes me rodean sin necesidad de que lleguen a existir.

Puedo describir lugares sin haberlos pisado jamás; sin embargo, soy incapaz de encontrar palabras para diseccionar mi propia vida, una existencia que ha terminado por erosionar mis fuerzas.

Me apunté a un club de lectura para alejarme de mí mismo. No buscaba compañía. Buscaba una prueba que me devolviera la confianza en la lectura amarga que hacía del mundo. Si un grupo de desconocidos éramos capaces de leer el mismo libro, quizá pudiera volver a confiar en mi manera de interpretar mi entorno.

La clase aún conservaba el aroma del café recién hecho cuando volvimos a sentarnos. Cada uno ocupó su lugar.

De nuevo frente a mí, el sabelotodo de la reunión. Esquivo su mirada, pero no puedo evitar escuchar cómo interrumpe cualquier intervención que contradiga su punto de vista.

—Ya tendrás tiempo de intervenir —dijo el moderador con tranquilidad.

Sobre la mesa, la misma historia, la misma edición; y, sin embargo, parecía que cada cual había leído una novela diferente. Nuestras opiniones se enfrentaban sin que el moderador pudiera abrirse camino entre tantas realidades alternativas.

Respiré hondo y sonreí para mis adentros, disfrutando de un instante como no disfrutaba desde hacía años. Levanté la vista y miré de frente la cámara que había en una de las esquinas del aula.

—¿Estás grabando? —le pregunté descaradamente, en medio de tanto ruido.

De vuelta en casa, me senté en el sofá y empecé a reír. No dejaba de pensar si, durante toda la reunión, habíamos hablado del mismo libro.

¿Era una tragedia, una comedia o simplemente una burla orquestada por el autor?

Ya no estaba seguro de si mi percepción estaba alterada o si la realidad con la que siempre había convivido era distinta cada mañana.

—¿Qué diferencia hay?

—Me siento feliz.

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Amigo Fernando: Soy muy mayor y ya hace años que tengo pensamientos que se identificado con tu escrito. Sí has hecho un retrato de mi vivir. Gracias por tu aportación. Un fuerte abrazo.

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Querido David:

Muchas gracias por tus palabras y por compartir conmigo algo tan personal. Me alegra profundamente saber que el relato ha conseguido reflejar, aunque sea en parte, pensamientos y experiencias que forman parte de tu vida.

Para mí, que alguien se reconozca en lo que escribo es uno de los mayores regalos que puede recibir un escritor. Gracias por leerlo con tanta sensibilidad y por tomarte el tiempo de compartir conmigo tu experiencia.

Un fuerte abrazo, amigo.

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