La Higuera

El patio era grande, lleno de plantas y frondosos árboles. El centro embaldosado era dominado por el gran ciruelo que se erigía firme y elegante, justo frente a la ventana donde mi abuela vigilaba con ojos amorosos todos nuestros juegos.

Casi al terminar el patio se encontraban las pequeñas habitaciones que albergaban la bodega y el lavadero, un lugar donde no teníamos permiso de entrar lo que hacía que se convirtiera, por ese solo hecho, en mundo imaginario increíble, lleno de interrogantes, ogros, monstruos y héroes.

Y mientras nos movíamos en todo ese mundo de la imaginación, nos encontrábamos con la imponente higuera, justo entre la puerta de la bodega y el lavadero.

El árbol creció inclinado de tal manera que podías escalar su tronco sin mayor problema para llegar hasta arriba del techo de ese mundo misterioso al que no podíamos acceder. Las ramas y hojas de la higuera lo cubrían por completo.

Solíamos estar jugando cuando la abuela se levantaba de su silla favorita, apagaba su cigarro y desaparecía en la cocina, saliendo después al patio con dos enormes canastas ¡había llegado la hora, la increíble hora de recolectar higos!

Siendo la menor, veía con envidia infantil cómo mi hermano subía con mi abuela arriba de aquel techo y la ayudaba en la recolección. El día que se me permitió subir con ellos, se abrió todo un mundo nuevo para mí, un ritual único que desde entonces repetiríamos cada verano y que era solo nuestro.

Dos tías vivían con mi abuela y ellas sentían una abierta preferencia por mi hermano pero cuando subíamos la higuera, ellas se veían tan pequeñas allá abajo, tan impotentes, tan sin manos que pudieran alcanzarme. Y yo estaba con mi abuela y era su niña, su regalona. Nos quedábamos horas allí, en ese mundo para tres. Al principio solo recogía los higos más cercanos al techo, mientras ella y mi hermano recolectaban los más altos, con el paso de los años pude tomar los de más arriba.

La higuera era nuestra mejor amiga durante el verano, incluso los recovecos de sus ramas se convertían en improvisados asientos, donde luego de la recolección, nos podíamos sentar por horas escuchando a la abuela y sus historias, mientras degustábamos los higos más grandes y deliciosos antes de que llegara la hora de bajar.

Muchos años hicimos este ritual, el que ni siquiera se interrumpió el verano que siguió al accidente en que mi abuela se cayó en un piso resbaloso y quebró su cadera.

¡Que mujer tan extraordinaria! ¡Y terca!
Nada ni nadie la detenía cuando subía esa higuera. ¡Era tan fuerte! Y era su manera de decirme cuánto me quería…me daba la oportunidad de tenerla, sin que mis tías se interpusieran mandándome a hacer esto o aquello porque yo era la niña y debía saber coser, lavar, asear, planchar y cocinar, mientras mi hermano hacia trabajos “de hombre”. ¡Cómo detestaban que mi abuela se trepara con nosotros al techo!

Mi abuela nunca cejó en su empeño por darnos todo. Siempre nos alentó a ser buenos hermanos a pesar de que en la casa vivían las dos hermanastras de Cenicienta que decían lo contrario.

Fue una hermosa mujer y amó la higuera tanto como nosotros, la higuera fue nuestro pequeño gran mundo.

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Este ya lo he leído y es magnifico, me transporta a mi casa natal , donde crecí !!